El pasado Domingo 26 de Junio, mientras abservaba con orgullo las sonrisa franca de mi hijo. Mientras sentía junto a él y la familia reunida en pleno. La felicidad por el festejo de su cumpleaños número 6. Fué inevitable para mí, remontarme hasta aquel año 2005. Cuando por fin se cristalizaba la oportunidad de volver a renacer en aquel pequeño. Fué ese el día mas angustiante por los problemas que presentaba el pequeño para venir a este mundo. Pero ahora, me doy cuenta que tengo junto a mi a un pequeño guerrero, a un luchador que se enfrenta (inconcientemente hasta ahora) a los retos y obstaculos que la vida le pone frente a su camino.
Los sinsabores han quedado atrás, como aquella imagen de un ser pequeñisimo, luchando por sobrevivir dentro de una caja de cristal y conectado a infinidad de cables y tubos de los cuales denpendía su vida.
El dolor al verlo deambular de rodillas por no estar en posibilidad de poder caminar normalmente como todos los demás pequeños de su edad. Esto también quedó atrás.
Ahora, cuando está en proceso de preparación para el reto que sigue en su vida. Cuando yo estoy rebosante de orgullo por que pronto, muy pronto, concluirá su primer instrucción académica. Agradecido por las personas que han aparecido en nuestro camino para ayudarnos con la pesada carga a nuestras espaldas. Confieso que tengo miedo, ya que al no estar al parejo que los demás infantes en su desarrollo , puede ser objeto de abusos por parte de sus compañeros, con mas fuerza y capacidades que él.
Pero saco fuerza de mi interior, de mi experiencia al rememorar a quel chamaco de pelos necios que al igual que Angelito, se enfrentó a lo desconocido, compitió en desigualdad de circunstancias a sus compañeros de clase... ¡y triunfó!
Mi enano tiene una gran ventaja a su favor. Aquel chamaco que rememoré, estaba totalmente solo, sin una guía, sin un apoyo. Sin alguien que le apoyara, sin alguien que le consolara y secara su llanto mientras sobaba la rodilla pelada por alguna caída.
Mi pequeño guerrero ¡me tiene a mi! para abrazarle fuerte mientras le digo a su oído... ¡tu puedes hijo!, levántate, yo sanaré esa pelada en tu rodilla, te abrazaré muy fuerte y te contagiaré de mi fortaleza. Cuando sea necesario te llevaré de mi mano y cuando la situación sea extrema te llevaré en mis hombros para recorrer juntos el camino.
El miedo poco a poco va desapareciendo, dejando en su lugar un sentimiento de fe, una convicción de que todo saldrá bien y si es posible. Dentro de seis años estaré por aquí nuevamente con el corazón lleno de orgullo. Por que mi hijo habrá concluído ya con su instrucción primaria.
¡FUERZA ANGELITO!