martes, 5 de febrero de 2013

"PEDERASTA"


Aspirando con desesperación  el humo de un cigarrillo, recargado sobre la pared y con la mirada fija en el cielo estrellado. Intentando vanamente de expulsar su fracaso, Juan  “el fierros” rememora la negativa recibida hace unos cuantos minutos Nunca había sentido tanta frustración como esa noche. Bien decía Martín Urieta, que a las mujeres no hay que entenderlas, si no quererlas. Sin embargo para él no aplicaba esa filosofía en esos momentos. Su mente no alcanzaba a comprender por que “la güera” se negaba a apaciguar sus urgencias. Meses esperando para que nuevamente le abriera las puertas al cielo y esa noche salió con la desgastada excusa de que le dolía la cabeza… ¡chingada madre, otra vez a hacerse justicia por mano propia!
Arrojó la colilla al suelo con violencia, mientras pensaba en lo que haría a continuación, ¡pinche güera! De seguro ya se encontraba profundamente dormida para esos momentos, ni modillo.  A meterse al baño, preparar un buen pedazo de papel y a hacerle el amor en su calenturienta mente a la encueratriz de moda.
Pero el destino deparaba una situación diferente. Sus ojos distinguieron en la penumbra un bulto delgado que se acercaba a toda prisa hacia él. Una voz chillona llegó hasta sus oídos. Pérate pinche fierros, no te vayas a meter, pérame tantito ¿si? Oye, no seas gacho, regálame un cigarrito, pa’ aliviar este pinche frío que cala hasta los huesos… ¿no?
¿ratona, eres tú? No mames, pero si  ya estás bastante crecidita, hace mucho tiempo que no te arrimabas por acá al barrio, ¿Qué tendrá unos cuatro o cinco años? ¿Dónde te habías metido, mira. Sigues igual de flaca, pero ya tienes tus cositas bien desarroladitas eh?
-Bueno, me vas a dar el cigarro o no, y no me hagas tantas preguntas así de madrazo que me apendejas…
-¿Mas? Sí te voy a dar el cigarro, solamente tira la mona que traes en la mano, por que capaz que a la hora de encenderlo, te incendias. ¡ Ahh que pinche olorcito te cargas me cai de madres!
Ohhh pus que fijado, tú no te me preocupes, no pasa nada. Ya muchas veces he fumado con la mona bien mojadita de activo y nunca me ha pasado nada, órale ya dáme el pinche cigarro ¿no?
Mientras sacaba la cajetilla de su bolsillo, Juan miraba el cuerpo en desarrollo de la chamaca. Él no estaba muy de acuerdo en eso de andarse tirando a las mujeres tan chamaquitas, sin embargo el cosquilleo que en esos momentos sentía en la entrepierna comenzó a despertar el instinto animal. La ratona, nada pendeja pudo observar la mirada de deseo que le dirigía, mientras la flama del encendedor iluminaba sus rostros.
-         ¿Ahhh que chido! Con este tabaquito, espero dejar de temblar, ¿hace un chingo de escarcha no?
-         Psss tá cabrón el frío, ándale chingate tu cigarro y te acompaño a tu cantón pa’ que ya te vayas a jetear ¿ no?
-         No pos eso si va a estar medio cabrón, vivo hasta las nalgas del diablo, orita me vine a dar un rol por acá al barrio. No mas pa’ ver si seguía todo igual que cuando era morrita y si todavía el guateque estaba igual de chido. ¿Tienes carro, me llevarías orita hasta allá?
-         Pinche ratoncita, le juegas mucho al vivo. Las cosas han cambiado y ahora la raza es mas pesada, antes no pasaba de que te agarraran las nalgas y se echaran a correr como putos. Ora si te apendejas hasta te andan dando pa’ tus tunas…
-         ¡chale pinche fierros! Pero si ya en todos lados es igual y además, no te preocupes ya me la sé y he aprendido a defenderme de la banda maciza. Allá en mi cantón están igual o mas pesados que aquí. ¿ Pero entonces que, tienes carro... y me darías un aventón hasta allá hasta onde no pasó dios?
“El fierros” pensó en negarse, sin embargo.  El cosquilleo en el miembro y su negativa a hacerse justicia por mano propia le indicaron que sería interesante probar si habría un chance de desfogarse con esa morrilla. Irse a acostar sabiendo de antemano que no podría dormir escuchando los ronquidos de “la güera” No era algo agradable. Además, por lo poco que le había escuchado a la escuincla, pues ya estaba corridita en carretera. Así que sería mejor darle el aventón que le pedía y de ser posible, el aventón del otro también.
-         Órale pues ratoncita, sí te llevo, nomás aguántame tantito, voy por las llaves del carro y me dices pa’ Onde jalamos, ¿sale?
-         Chido por usté mi fierros, me cai que te lo voy a agradecer un chingo, yo pensé que algún valedor o valedora me darían posada en su cantón, pero nomás se acabó el activo y me dejaron acá de perra flaca … ¡pinches culeros!
-         Ya no te metas esa madre mija, te va a apendejar y te vas a quedar toda babosa… -Le dijo Juan mientras entraba a casa por las llaves del carro-.
-         ¿Pa’ donde le damos mi chava? -Cuestionó “el fierros” una vez instalados en el auto-
-         Pos jálate pa’  la carretera a Puebla, por ahí te voy diciendo por dónde te metas, sale?
-         Órale pues, deja pongo música para no aburrirnos mientras llegamos, ¿te late?
-         Nel, mejor vamos a platicar, ¿sigues chambeando de tendero verdá? Se ve que no te va mal carnal, tu carro está chido, si me ve la raza bajar de él… ¡van a pensar que me andas cogiendo cariño!
-         Chale pinche ratoncita, creo que el activo ya te madreó varias neuronas, ya comenzaste a decir muchas pendejadas, me cae –respondió Juan sin darse cuenta que el rubor invadía su rostro al sentir descubiertas sus reales intenciones.
-         ¡ohhh! Pss que tendría de malo, ¿digo no? Como dicen por ahí, ya peso mas de cincuenta y ya alcanzo el timbre –respondió la chavita, mientras sus vivarachos ojos miraban el bulto que comenzaba a crecer bajo la entrepierna de Juan_
-         Ya pinche chamaca, no empieces a jalarle la cola al diablo, no vaya a ser que se te aparezca ¿eh?
-         Neta que no hay pedo mi Juan, a lo mejor te sacas de onda por que estoy morra, pero ni te creas, ya tengo mis catorce bien cumpliditos y pos la neta, la neta ya sé de que lado masca la iguana, así que si te lato tantito, pos no hay pedo. Nomás móchate con unos tacos pa’ matar le méndiga hambre, atáscame el frasco de activo pa’ ponerme hasta la madre y neta que no hay pedo, yo me mocho ¡y verás que no te vas a arrepentir!
En realidad, en la mente de Juan se libraba una batalla entre su instinto desbordante de deseo y su parte racional que le indicaba que eso no estaba bien. Detuvo el auto para mirar detenidamente el busto de la chamaca, mismo que amenazaba con salirse de la apretada blusa, recorrer lentamente los muslos delgados pero bien formados.  La negra cabellera enmarcando un rostro afilado, unos  labios en forma de corazón y unos hoyuelos que se formaban en sus mejillas cada vez que sonreía. En ese instante ganó la batalla el instinto y pensando: ¡chingue a su madre! ¿a quien le dan pan que llore? Respondió con voz quebrada: ¡órale pues! No mas que quede claro que yo no te estoy obligando a nada ¿eh? Tú eres la que andas ahí de catarra dándome entrada. No luego vayas a decir que yo te obligué… que te ofrecí lana y…
-         Nel mi fierros, yo no soy ojete, sé lo que hago, además tampoco tú vayas a creer que vas a estrenar ¿eh? No te hagas ilusiones mi chavo. Y aparte de todo, me cae que me acuerdo que cuando era morrita, me dabas mis dulces y no me los cobrabas, por que sabías que mi jefa ni pa’ tragar tenía dinero. Eres chido fierros, eres banda y pos además tú me haces un favor y yo te hago otro, ¿que no?
-         Pues ya ni se que pensar pinche ratona, pero en lo que no estoy de acuerdo es en eso de atascarte de activo. Mejor unas chelas, por lo menos no te hacen tanto daño como la mona, te digo que se te va a secar el cerebro con esa chingadera. Ya no le metas a esa madre, ¡hazme caso chingao!
-         Pos pue’que si pero esa madre ayuda a olvidar mi fierros, cuando te pones hasta atrás. Miras todo asi que como mas chido, no hay hambre, no hay dolor…
-         Ya, no mames, eso ya me lo se y no creas que por que me contaron, pero no hay de otra, activo ¡ni madres! Tacos hasta que te hartes, unas chelas pa’ que no pienses que soy ojaldra ya hasta ahí, ¿Cómo ves?
-         Psss ya que… peor es nada, jálale entonces pa’ donde creas que podemos hacerla ¿que no?
Después de una parada obligatoria en los tacos al pastor, donde “la ratona” bebió mas cervezas de lo que comió, Juan dirigió el auto hacia un motel situado en la salida a la autopista México -Puebla. No sin antes haber dejado unos billetes extras en manos del administrador –para obviar la minoría de edad de la chica- se instalaron en un cuarto de regular categoría. Por lo menos la ropa de cama se encontraba limpia a simple vista. Contaban con agua caliente en el baño y televisión por cable. A insistencia de la niña, Juan se vio casi obligado a regresar a la administración para surtirse de six pack’s de cerveza en lata.
Cuando “el fierros” regresó a la habitación, encontró a la chica envuelta en una toalla, dejando al descubierto gran parte de sus muslos morenos . El nacimiento de sus senos provocó en la mente de Juan una serie de escenas dignas de una película erótica. Su nariz aspiró el fresco aroma que dejaba la cabellera de la chica  cayendo sobre los redondos hombros  después de un intento fallido, de realizar un sensual vaivén. Juan, con piernas tembeleques tomó asiento en la orilla de la cama y se dispuso a observar el espectáculo que imaginó seguiría a continuación.
Durante un largo lapso de tiempo, la chica danzó desnuda frente al sorprendido Juan, bebiendo constantemente de la cerveza helada. Misma que caía sobre su cuerpo desnudo ya. El instinto animal de “el fierros” despertó manifestándose en una erección potente. Como hacía mucho tiempo no sucedía.
La chica con una sonrisa estúpida dibujada en el rostro, a causa del excesivo consumo de cerveza, lentamente se acercó a Juan, quien con los ojos entrecerrados luchaba aún contra su naturaleza de hombre. Unos minutos que le parecieron una eternidad permaneció a la espera de las caricias anelhadas, mismas que le devolverían la perdida juventud. Sin embargo, esto un sucedió. Abrió los ojos y sus ojos recibieron la imagen de la chica desmadejada sobre la descolorida alfombra de la habitación . La sostuvo en brazos y la acomodó en la cama. La ereección seguía ahí. Presente, recordándole viejos tiempos de juventud. Despacio, sin prisa alguna, sus manos comenzaron a recorrer el macizo cuerpo de la chica, el sistema nervioso de Juan envió una sensación eléctrica que recorrió su espina dorsal.
La mente racional de “el fierros” se desconectó y segundos antes de la tan esperada embestida que le llevaría al cielo. La voz trémula de la mujer-niña lo hizo detenerse.
En medio de la pérdida de conciencia, murmuraba: Perdón… perdóname señor. Bien sabes que esta vida que me tocó es una total mierda. Siempre vagando por ahí, en busca de un cariño verdadero. Mismo que ni mis padres me pudieron dar. Siempre medio muerta de hambre, ofreciendo mi cuerpo solo a cambio de un pedazo de pan. Solo la droga me da el chance de medio soportar esta cruz que haz cargado en mis hombros. Mas valía morir… si no fuera tan cobarde…
La mente de Juan volvió a conectarse, por unos instantes recordó al chamaco que, después del abandono de sus padres anduvo vagando en la calle, al igual que perro sin dueño. Al jovencito que aprendió a robar para poder subsistir, al desgraciado que mitigaba en el alcohol, droga y violencia todo el dolor y resentimiento que desbordaba su ser.
Con lágrimas en los ojos, cubrió con la amarillenta sábana el desnudo cuerpo de la niña-mujer, tiernamente acarició la cabellera, húmeda de cerveza y sudor mientras le decía muy quedo al oído… yo te ayudaré a cargar esa cruz ratoncita, no volverás a padecer de hambre o frío… y lo mas importante. Nunca volverás a padecer por falta de cariño… ¡de eso me encargo yo!




jueves, 31 de enero de 2013

REGRESO???

Hijo e la ching... por dejar abandona'o tanto tiempo mi blogcito, tuve que dedicarle un tiempecillo a borrar unos comentarios medios gachillos. Publicidá que no creo que nadie lea. Pa' que la ponen acá si esto de la escriturancia en los blogs está mas vacia que mi cerebro de neuronas?
en fin. Pos he decidido regresar. Después de harto tiempo y con la mente un poco mas lúcida. Por acá andaré de nuevo. Manque siga igual de solitario. Escribiré como dije alguna vez. mensajes en una botella y arrojados al mar...

Nos leemos próximamente por acántaros...

martes, 21 de febrero de 2012

PADROTE

Mi madre prácticamente me corrió de casa aquella mañana. Aún con los ojos chinguiñosos y una terrible resequedad en la boca, como si tuviese un trapo metido en la garganta; me metí a la regadera con la ligera esperanza de que así disminuyera el lacerante dolor de cabeza que en esos momentos me torturaba. Estaba pagando con altos intereses la noche de excesos de adoración al dios Baco.
Mientras bebía ávidamente el café caliente que mi madre había dejado sobre el buró, mi mente repasaba una y otra vez, insistentemente el conocido dicho a cual recurríamos todos los borrachos: aaayyy diosito lindo, si en la borrachera te ofendí… en la cruda ¡me sales debiendo!
Quise todavía apelar al cariño de mi jefecita, poniéndole ojitos de borreguito a medio morir; para que así, hablara a la oficina y me reportase enfermo. Esperanza inútil, la patrona me miró con ojos que si hubiesen sido pistolas, prácticamente habría caído ahí muerto, como fulminado por un rayo.
Hice de tripas corazón y salí a la calle, todavía hice el último intento, esta vez con una carita de perrito atropellado, mis reflejos me dieron todavía para esquivar la taza que salió volando directamente a mi cabeza Creo que mi jefa erró la profesión debió ser pitcher de algún equipo gringo de béisbol ¡ que puntería chingáo!
Tiré asqueado el cigarrillo que había encendido minutos antes y abordé el microbús que me dejaba cerca de la oficina. Para colmo de mi mala suerte el tráfico estaba imposible. Cada bocinazo de los conductores impacientes por llegar a tiempo a sus trabajos parecían trompetas infernales dentro de mi cabeza. Chequé mi reloj, ya eran las diez de la mañana, imposible presentarme a esas horas en la oficina . O sería tal vez el diablo que me apoyaba en mi vida desenfrenada. No lo dudé ni un segundo; pedí la parada al conductor cuando mis ojos descubrieron el oasis para la sed que martirizaba mi boca. El letrero en la marquesina decía: Cantina La oficina ; a fin de cuentas mi jefa me había mandado ahí… a la oficina ¿Qué no? Yo solo cumplía a cabalidad la órden de mi sacrosanta jefecita.
Una vez frente a las puertas abatibles del bebedero, metí mano en mi bolsillo, encontrando solo lo justo para un par de cervezas. Tal vez si le hacía la barba al Enrique – el mesero- lograra que me fiara por lo menos otras tres y solo así lograría la ansiada redención a la noche anterior.
De improviso sentí mi cabeza estallar al registrar mis oídos una alharaca, como de un aquelarre de urracas. Se trataba de un cuarteto de damas entradas en años ya, que convivían en el solitario lugar. En esos momentos era mas urgente mi necesidad de paliar el malestar de la resaca, independientemente de que guardaba esperanzas de que Enrique me hiciera el paro prestándome las chelas que mi organismo necesitaba. Así que me concentré en espera de hacer oídos sordos a tan estridente muestra de júbilo de las damitas en cuestión.
Con tímida sonrisa le pedí al quique que dispara el primer obús que minimizaría un poco los estragos de mi cuerpo. Regresó instantes después y colocó ante mí una botella oscura conteniendo el líquido tan ansiado: una negra modelo bien frígida y un platito conteniendo limones y sal. No pude evitar satisfacer mi curiosidad y le cuestioné que si no era aún muy temprano para que tan venerables damas anduviesen ya pegándole al vidrio. Con pícara sonrisa me hizo saber que andaban de farra desde la noche anterior, que la licenciada Polanco andaba sufriendo las crueles heridas de cupido. Pero que ya le habían indicado que después de terminar la última ronda, regresarían a seguir con sus labores en el buffete jurídico en el cual ella era la jefa y que además no exagerara en mi apreciación de que se trataba de mujeres viejas, la licenciada – que era la mayor- no pasaba de los cuarenta y cinco, tal vez cuarenta y ocho años.
Mas rápido que gatillero del viejo oeste, dí cuenta de la primer cerveza y cuando la segunda se encontraba ya a la mitad. Me atreví a pedirle el favor a quique. Él amablemente me hizo saber que no era posible, ya que aún era temprano y de hacerme el paro tendría que pagar él de su dinero, mismo que aún no comenzaba a llegar.
Mientras daba un pequeño sorbo a mi segunda y última cerveza, contemplé como la licenciada se ponía de pie y se dirigía hacia la rockola, colocó una moneda como si de un tributo se tratase e instantes después la voz de Paquita la del barrio inundó el ambiente, interpretando una canción de dolor y contra ellos.
Pude percatarme que la licenciada aún mostraba un cuerpo apetecible, enfundado en su traje sastre de color gris oscuro, falda un poco arriba de la rodilla que mostraba un par de poderosas piernas. Una blusa azul cielo recibía la caída de su cabello ensortijado, de color fúnebre. Mecánicamente levanté mi cerveza, haciendo el ademán de brindar con ella. Tal vez queriendo decirle de algún modo que la acompañaba en su dolor. Ella con los ojos rasados de lágrimas que se negaban a salir por orgullo tal vez, no se percató de mi intención. Y se quedó con la mirada clavada en la mesa, sin hacer caso a las palabras de aliento que le dirigían sus compañeras.
Mi cerveza estaba a punto de consumirse totalmente, con vana esperanza extraje de mi bolsillo todo mi capital, solo alcanzaba a cubrir el importe de las cervezas y me quedaban solo diez pesos extras. Menos mal, con ello me alcanzaba para beber otra cerveza pero esta vez en la tienda, parado a media calle. Ni hablar hay veces que nada el pato… ¡y otras que ni agua bebe!
Mi mirada se dirigió hasta donde se encontraba quique –parado a un costado de la barra- y la providencia tal vez me mandó la solución a mi problema de carencia de dinero para continuar con mi curación. Le indiqué a quique que se acercara, le pagué el consumo y le entregué mi última moneda, solicitándole que pusiese una melodía en el aparato de karaoke. Él atendió mi solicitud y regresó micrófono en mano y me dijo de rápido que no me preocupara por la propina, que para la otra me pusiera a mano.
Tratando de imprimir mi mayor sentimiento, comencé a interpretar la melodía elegida…

Ella elegía canciones en un pasadiscos
Yo me tomaba un café en el mostrador
Vi que dejó una moneda y su mano temblaba
Pero a través del murmullo mi voz escuché…

Nuestras miradas se cruzaron de inmediato, esta vez fue ella quien hizo el ademán de brindar con el trovador, sus ojos se dirigieron al envase vacío de cerveza e inmediatamente llamó a quique, quien se precipitó raudo y veloz a atender la petición de servicio.

Por que llorar el amor es así
Como viene se marcha…
Pronto verás que lo que te ha pasado
Se habrá de olvidar…

Una nueva dotación de líquido dorado apareció en mi mesa como por arte de magia, agradecí con una leve inclinación de cabeza y continué con mi interpretación

Y con dulzura le dije que a todos nos pasa
Quise explicarle a mi modo que aquella canción
No la compuse para que llorara una niña
Yo de saberlo… no habría cantado jamás…

Me encontraba tan concentrado en mi interpretación que cuando abrí los ojos, ya se encontraba frente a mi. Noté que el llanto le había traicionado por fin, enjugó las lágrimas con una servilleta que le extendí y con voz entrecortada me indicó que no me fuera, que la esperara; que solo iba de rápido a la oficina a dejar algunas instrucciones y que regresaría. Que bebiera otra cerveza mientras esperaba, que ella pagaría mi consumo.
No terminaba aún la segunda cerveza cuando regresó, se sentó a mi lado y me dijo que se llamaba Graciela que le había encantado mi interpretación y que si tenía tiempo, le gustaría escuchar otras canciones que le ayudaran a borrar su dolor.
Yo con media estocada ya en mi ser – producto de las cuatro cervezas- o como coloquialmente se dice “a medios chiles”, acepté gustoso la invitación. De la cruda que me mataba minutos antes; ya no quedaban ni sus luces.
Cantamos juntos a grito abierto infinidad de canciones de dolor, le enseñé a echar limón en la herida de amor, a desangrar el sentimiento hasta matarlo de un solo golpe. A beber el amargo líquido del amor traicionado de un solo trago y a sacar al pérfido del corazón, apretándolo con la fuerza de las canciones mezcladas con alcohol y tabaco. No en vano había yo aprendido muy bien la lección. De hecho a ella le salió barato en extremo el aprendizaje que a mi me había tomado años y años de lágrimas y sufrimiento.
Perdimos la noción del tiempo, hasta que quique le recordó que se acercaba la hora de comida de sus compañeros de trabajo, que no consideraba correcto que la encontrasen en ese estado y que sería mejor que se fuera a descansar. Ella entendió la situación, pagó la cuenta dejándole una jugosa propina al mesero, pidió una botella de tequila y al tenerla en sus manos, no sin poco trabajo se puso de pie, me ayudó a incorporarme y salimos juntos, abrazados cantando suavemente “el pasadiscos”.
Abrí los ojos cuando las sombras de la noche habían caído ya, miré mi reloj y las manecillas marcaban diez minutos para las doce de la noche. Me encontraba en la deshecha cama de un hotel de Tlalpan, en el buró encontré un six de modelos y una notita que a la letra decía:
Muchas gracias por el maravilloso día Angeluz, entenderás muy bien que TODO lo que sucedió, no lleva implícito sentimiento de amor… de ternura… bueno, tú entiendes… sin embargo me has dejado un gran aprendizaje. De cómo olvidar al infame de una buena vez, dándole un tiro letal en la cabeza a ese sentimiento que termina por matarnos si no le ponemos un alto.
¡GRACIAS!
Me dí un reconfortante baño, mismo que me ayudó a aclarar la mente omnibulada nuevamente por los vapores del alcohol. Tomé los billetes perfectamente doblados que encontré debajo de las latas de cerveza y partí rumbo a casa. Sopesando lo sucedido, con la interrogante de que tal vez… solo tal vez, podría convertir todo esto en un negocio. A fin de cuentas el dinero que me había obsequiado la licenciada era casi lo que ganaba en una quincena de arduo trabajo en el archivo de la institución donde laboraba…
Volví a ver a la licenciada días mas tarde, pero ya no pude entablar relación con ella nuevamente, yo me encontraba cantándole una canción de dolor y contra ellos a una chica ocasional. Ahí fue cuando me convertí por un tiempo en un… ¡pito fácil!

Una mutua sonrisa de complicidad fue una muestra de agradecimiento. Aquel día ella había aprendido algo provechoso y yo me había percatado que tenía facultades para ganarme la vida de otro modo…